miércoles, 21 de agosto de 2013

El sueño de Carla

Una noche de verano, Carla decidió dormir en su nueva cama. Una cama hecha para ella, verde con tonos fucsias y un determinante color caoba que cubría su alcoba.
Su habitación parecía nueva, como nunca la soñó y decidió disfrutar del momento. Se desnudó y empezó a acomodarse en su pequeña isla dentro de una casa marcada por el ruido.

Una vez desnuda, sintió el poderoso deseo de tumbarse en la cama, de dormir, de soñar. Soñó que se encontraba en un lugar de una inhóspita selva. -Carla odiaba los paisajes poblados de vegetación- Empezaba a correr y correr hasta que un anhelo misterioso la atrapaba, era su curiosidad.
-¿Hacia donde te diriges? -Le preguntó su curiosidad-
Hacia un lugar donde pueda esconderme de todo lo que me rodea -Contestó sin pensar-
¿Donde crees que lo encontrarás? -Preguntó de inmediato-
Lejos, -Contestó Carla- muy lejos, donde nadie pueda seguirme, donde nadie vea mis pasos más allá del horizonte. Donde sólo pueda chillar de tal manera, que nadie ose decirme nada. -Sincera, le preguntó su curiosidad- ¿Crees que vas a encontrar ese lugar? No. -Respondió Carla- Sólo quiero creer que puedo encontrarlo.
Así pues, la Curiosidad se preguntó porque Carla decía eso, ¿es que a caso no le gustaba su vida de ensueño?
Se que piensas que soy feliz por todo lo que tengo -Respondió Carla- pero no, necesito encontrarme, saber porque estoy aquí, necesito vivir.
Carla se apresuró hacía la selva dejando con la palabra en la boca a su Curiosidad y decidió correr y correr. El pulso se le aceleró, le empezó a faltar el aire, creyó que su vida pasaba, como el las películas típicas de los noventa, por sus ojos mientras corría. Una vez saltó los matojos de una planta totalmente desconocida para ella, siguió corriendo hasta llegar a un territorio totalmente virgen.

En ese mismo instante, Carla reaccionó, se dio cuenta de lo que estaba viendo, era aquello que había anhelado toda su vida. Una paz interior la cubrió, le llegó hasta lo más hondo de su ser, hasta en la más recóndita parte de su cuerpo. La sensación de libertad, de creer, de vivir, de soñar. Aquella sensación hizo que se le parara el tiempo al son de una visión digna del mejor cuadro que estaba por pintar, de la mejor poesía que estaba por hacer, del mejor sueño que estaba por soñar.
Carla se fascinó hasta tal punto que no pudo decir nada por miedo a romper aquel idílico paisaje. Vio, respiró, cerró los ojos y se tumbó. Aquel paisaje fue tan significativo para ella, que nunca más volvió a despertarse, fue tal su felicidad que sus ojos nunca más volvieron a abrirse hacia aquel mundo que una vez la rodeó.

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