La luz ténua de su habitación hizo que se levantara bruscamente de su cama. Empezaba el frío y ella lo odiaba profundamente. Se cobijaba entre la gente para que no lo atacara cuando menos se lo esperaba. Su cama era un auténtico fortín contra el frío, tenía tres mantas. La primera era de un color azulado con estampados violeta, la del medio era de rombos marrones y blancos típicos ingleses y la que estaba más cerca de la superficie era cuadriculada, completamente roja con los cuadros negro azabache.
A pesar de que el frío era uno de sus peores enemigos, siempre dormía sola. No es porque le faltaran pretendientes, ella era adorable. Simplemente que no quería dormir con nadie más que con ella mismo. Cada noche que se iba a dormir sufría. El dolor era ligero pero muy intenso, sufría porque no quería sufrir. No quería hacerle daño a nadie ni ella hacerlo, sin embargo su dolor y sus remordimientos eran inevitables.
Recordaba con temor y con cierto cariño las experiencias que había cosechado cuando daba la oportunidad de dormir con ella a otras personas. Le encantaba oler el pelo de los chicos que se metían en su cama, le recordaba a una época en la cual nunca había vivido, un lugar donde nunca había estado y una canción que nunca había cantado. Lo adoraba, pero sabía que no sería para siempre, que en cualquier momento se tendría que levantar y volver a empezar su día a día.
Odiaba todos los buenos recuerdos que había tenido, pero los necesitaba. Necesitaba recordar como el infeliz que busca agua en medio del desierto. Odiaba toda la gente que le había dado buenos recuerdos y admiraba a la que no tenía sentimiento alguno por sus acciones, a las que se limitaban a vivir sin recordar nada más, sólo que estaban allí y que seguirían estando allí una temporada más hasta que alguien decidiera que era suficiente.
Lo odiaba todo, pero a la vez todo lo necesitaba, la vida fue pasando, hasta que un día se dio cuenta... y actuó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario